jueves, 12 de julio de 2012
Después de un café
.El tiempo como rutina.
El tiempo es cruzarme, en dos atardeceres consecutivos, a la misma señora regordeta en la misma parte de la colectora, volviendo de su trabajo a pie y vestida con el mismo pulóver azul eléctrico tejido a mano
.El tiempo como madurez.
Era una mañana invernal y elegí levantarme temprano, abrí la puerta y vi la vida en un ida y vuelta al tacho de basura. Viví el paso de la juventud a la vejez . Primero, camino a cesto, una pareja de ágiles y pequeños pájaros adolescentes trazando infinitas e irregulares líneas en el cielo; luego, ya de regreso , dos bien alimentadas palomas avanzando lentas y acompañadas rumbo a un destino ya marcado: la cómoda antena
.El tiempo que nunca existió.
¿Dónde están los cuerpos de esa pareja que se sienta en un bar, uno enfrente del otro, y cada uno mirando su propio diario?
.Fuera del tiempo.
Fui a visitar al mago mudo para desaparecer de este mundo por un instante. Fui a su triste show y quiso demostrarme que no estaba tan entristecido: me agarró, sin pedir permiso, de la cintura. Dijo que íbamos a bailar una cancioncita(¡si casi nunca bailamos!). Ese día yo tenía la cara desnuda , le pedí una careta pero no me escuchó y no pude ocultar lo que me provocó. Es experto y naturalmente podría haberme hecho sentir inferior a él. Su abrazo contuvo secretos, trucos que no quise conocer como tampoco a las otras personas a quienes también había generado esa magia
.Juegos.
1. Pinté con una tiza la pequeña nariz de uno de los chicos. El colegio no era usualmente de payasos. Se entusiasmaron tanto que cada uno de ellos se pintó su propia cara con tizas amarillas, verdes, rosas, celestes, marrones y blancas. No querían parar de hacerlo. El más entusiasmado colocó una de sus manos en el sector del pizarrón donde se acumula el polvo que cae de las que escriben el pizarrón. Esa mano fue a parar a su cachete marrón. Ese día deseé tener tizas en vez de dedos
2. Cocinar, es una lástima que no podemos hablar ni de lo más importante: con cuánta acelga rellenar la tarta, cómo cocinar la cebolla
3. Con manteca, harina leudante y agua hice feliz a tantos. Esos cochitos. Y otros a mí con, por ejemplo, una penca con kétchup
4. Pude comprar el casero perfume de cáscaras de mandarinas a los niños; les ofrecí, como forma de pago, un poema de María Elena Walsh y lo aceptaron, eso que estaban jugando con billetes recortados
5. Sólo correría carreras si al final hay un almohadón mullido como premio esperándome, también correría maratones para ganar ese cacho de tela relleno con goma espuma
.El poema.
Qué ganas tengo de hacer una cobra, abrir el pecho hasta ahogarme por no haberlo abierto durante tanto tiempo,
qué ganas tengo de romper de felicidad en ese instante en que mi frio cuerpo choca contra el agua caliente de la ducha,
qué ganas tengo de que se me quiebren los labios, de tan paspados, hasta sangrar por haber sentido el frio y de no poder reír no porque no sienta ganas,
qué ganas tengo de sentarme con una amiga frente al hogar sin tener nada que hablar y escuchar el sonido de sus teclas veloces y el de las mías lentas, y oir que me diga, casi al final del encuentro, que me parezco al principito por poder elogiar el tono de vos de alguien,
qué ganas que tengo de que, quien esté a mi lado, diga cualquier cosa y no se sienta juzgado,
.Chau, me fui.
La siguiente estación del ferrocarril Belgrano norte es, a esta hora del día, el anaranjado sol que, en su camino diario a la muerte, se detuvo al final de las vías.
martes, 3 de abril de 2012
Sólo queda ver el cielo
Con el cielo estrellado sobre mi cabeza,
sintiendo el frescor de la noche vi, desde ese balcón,
a un grupo de parejas bailando con locas ganas
en un caluroso y oscuro salón
Cielito lindo que nadie ahora quiere ver
Ahora la fuerza los hace llegar juntos en cada nota musical
Nota junto a otras notas ya conocidas, ya bailadas
Vi también la atractiva manera que tenían de moverse, como deseando vivir en cada movimiento y luchando contra el paso del tiempo
Va quedando en mi recuerdo recuerdo
Cómo bailabas sin bailar
Cómo al hablar dibujaba tu cuerpo las palabras
Y tu miraba brillosa se perdía en el más allá
Tu abrazo en un lugar donde nadie abraza va siendo reemplazado por abrazos en lugares donde todos abrazamos
Tu miedo o desinterés quedaron lejos y lamento no estar enojada enojada
No puedo enojarme si ya no estás
sintiendo el frescor de la noche vi, desde ese balcón,
a un grupo de parejas bailando con locas ganas
en un caluroso y oscuro salón
Cielito lindo que nadie ahora quiere ver
Ahora la fuerza los hace llegar juntos en cada nota musical
Nota junto a otras notas ya conocidas, ya bailadas
Vi también la atractiva manera que tenían de moverse, como deseando vivir en cada movimiento y luchando contra el paso del tiempo
Va quedando en mi recuerdo recuerdo
Cómo bailabas sin bailar
Cómo al hablar dibujaba tu cuerpo las palabras
Y tu miraba brillosa se perdía en el más allá
Tu abrazo en un lugar donde nadie abraza va siendo reemplazado por abrazos en lugares donde todos abrazamos
Tu miedo o desinterés quedaron lejos y lamento no estar enojada enojada
No puedo enojarme si ya no estás
jueves, 26 de enero de 2012
Nada
Acostumbrada a percibir simulación y mentiras como si no lo fueran, creí haber visto la luna donde no estaba. Me sentí engañada cuando la vi en otro lugar del cielo.
No se quienes me enseñaron a callar. No son pocos los que me dicen que ven mi rostro melancólico, triste, con dejos de cansancio. Ya de chica un compañero me bautizo “cara de nada”. Quizá mi gesto surge de este océano de sentimientos de no tener nada que decir. A veces sedo un poco y perfumo el ambiente con algún desodorante; creo que, en esos momentos, algunos se sienten mas civilizados conmigo. Pero lo anterior no sucede muy seguido, y me la paso sorprendida por las ganas que tienen estos animales de hablar.
Me aburre sentarme a hablar y hacer el stock de nombres de diversos objetos. Y ando con ganas de abrazar.
Mirando por la ventana de un colectivo vi a una mujer, también en silencio, cargando a su hija y caminando paralelo a las vías del tren.
Mirando por la vidriera de un local vi a una mujer con su Caniche, también en silencio, meando en la senda peatonal.
Mirando por la ventana de un piso catorce vi una ruidosa e iluminada ciudad. Sin luna ni estrellas.
No se quienes me enseñaron a callar. No son pocos los que me dicen que ven mi rostro melancólico, triste, con dejos de cansancio. Ya de chica un compañero me bautizo “cara de nada”. Quizá mi gesto surge de este océano de sentimientos de no tener nada que decir. A veces sedo un poco y perfumo el ambiente con algún desodorante; creo que, en esos momentos, algunos se sienten mas civilizados conmigo. Pero lo anterior no sucede muy seguido, y me la paso sorprendida por las ganas que tienen estos animales de hablar.
Me aburre sentarme a hablar y hacer el stock de nombres de diversos objetos. Y ando con ganas de abrazar.
Mirando por la ventana de un colectivo vi a una mujer, también en silencio, cargando a su hija y caminando paralelo a las vías del tren.
Mirando por la vidriera de un local vi a una mujer con su Caniche, también en silencio, meando en la senda peatonal.
Mirando por la ventana de un piso catorce vi una ruidosa e iluminada ciudad. Sin luna ni estrellas.
viernes, 12 de agosto de 2011
Autoridad
Te sorprendes cuando todos los comunes, la gente de las milongas de barrio, te decimos que bailas bien, te sorprendes y me decís que te inflamos mucho, que no es así, y me preguntas:
“entonces, si soy bueno
¿Por qué no conseguí un buen lugar en el mundial de Tango?
¿Por qué no hago shows y presentaciones?
¿Por qué las chicas que bailan bien no me sacan a bailar?"
¿Necesitas de algún jurado, el del mundial de tango o la opinión de las chicas que bailan “bien”, para que te evalúen y te diga quién sos?
¿Necesitas que alguien, superior a los inferiores, te diga lo que vos mismo no te podes decir “bailo bien”?
¿Pero, qué mierda es bailar bien?
Bailar bien ¿Es ser reconocido? ¿Es competir opacando a los demás?
¿Es necesario espiar al de al lado, cuando estás bailando, para ver si es mejor o peor que vos?
¿Es ser capaz de pegarle una patada a alguien por competir y ambicionar llegar a una supuesta meta que no existe?
¿De qué sirve llegar a la meta sin haber disfrutado del medio?
¿De qué sirve llegar a la cima de la montaña mientras en el camino estabas ciego y desde allá arriba todo se ve tan chiquito que no podes apreciar nada, no podes verme, porque ahora soy un puntito a la distancia, me quedé en el camino viendo cómo una hormiga saltaba en la hoja del aloe vera y no llegué a la cima?
La opinión de un jurado de tango no vale más que la de una persona de milonga de barrio
Quizá vos pienses que la opinión de una chica que baila bien tango vale más que mi opinión,
y por eso no me crees cuando te digo que bailas bien...
sábado, 30 de julio de 2011
Caer
Comenzó la fiesta. Sacó los vasos del mueble y los colocó sobre una mesa; obligando, al vaso de vidrio, a participar de la reunión.
El vaso de vidrio existía. Pero debido a su material; a su forma, tan ausente, de ser; parecía no ocupar lugar en el espacio.
Debería aceptar, una vez más, que el azar le indicara quien sería su dueño durante esa noche. Hacía tiempo que ningún labio se apoyaba sobre sí, que ninguna mano lo tocaba.
Su tristeza se debía a que nunca podía olvidar que todas las fiestas tienen un fin.
Sabía que el tiempo de las fiestas es un tiempo de hechos, el coma alcohólico del tiempo. Pero después ese tiempo loco vuelve a la vida, todo vuelve al orden y el vaso se encuentra, una vez más, dentro del mueble.
Sabía que el disfrute, de tan solo un instante, le haría sufrir luego. Había resuelto, entonces, no encariñarse con nadie ¿Qué sentido tenía encariñarse con alguien que al otro día ya no estaría?
Era más sano ser distante.
Ningunos labios rozándolo
ninguna palmadita cariñosa,
ninguna caricia continua y suave,
ninguna mano aferrándose firmemente a él sin soltarlo,
le harían sentir nada.
Ser vaso era aceptar, de por vida, una naturaleza instrumental. Era sufrir. Era ser llenado y vaciado frenéticamente de distintos líquidos, con o sin burbujas, con o sin alcohol. Con o sin sentido. Quien llena un vaso no necesariamente es consciente de que lo está llenando. En cambio, el vaso, siempre sentía las violentas acciones que se ejercían sobre él, que eran siempre, al fin y al cabo, una sola. El vaso se sentía considerado un mero recipiente, un contenedor de algo más importante que si mismo. Nadie piropeaba nunca al vaso, nadie decía “qué sabroso vaso”.
Sucedió que estaba el vaso, bien firme, sobre la mesa de madera, con la expresión corporal de un “Señor vaso”, de un vaso de vidrio gordo, resistente y frio por la acción de los hielos. Ningún vasito, de esos de plástico de fiestas de quince, le haría nada. Esos vasitos eran aún más descartables que él. El destino de aquellos era la basura; no un mueble que, aunque oscuro, protector. Ninguna mano se atrevería a tocarlo sin respeto (a lo que él llamaba respeto era, en realidad, miedo).
Lo que sucedió fue inesperado: una mano débil, suave, tibia, insegura. Temblequeando lo agarró. Sintió ganas de protegerlo; de tenerlo para si toda la noche, toda la vida. Sintió ganas de ser protegido, de entregarse durante toda una noche, toda la vida.
¿Por qué esa mano tibia quería sentir el frio del vaso, porque esa mano débil quería sentir su dureza?
El vaso volvió a sentir. Sentía impotencia porque no podía tomar una decisión sobre sí mismo, no podía decidir él solo sobre su sentir, sobre su actuar. Un otro lo condicionaba. Decidió resbalarse se esa cálida mano. Calló. Infinitos pedazos de vidrio yacían sobre el suelo. Infinitas piezas de un rompecabezas. Quedó allí como un enigma, como Romeo en el suelo, debajo de un balcón. Quizá la mano arme el rompecabezas, quizá ella sea la culpable de que el vaso dejó ser un único vaso, con su identidad segura para convertirse en mil pedazos, en mil maneras de ser.
En mil aburridas palabras.
El vaso de vidrio existía. Pero debido a su material; a su forma, tan ausente, de ser; parecía no ocupar lugar en el espacio.
Debería aceptar, una vez más, que el azar le indicara quien sería su dueño durante esa noche. Hacía tiempo que ningún labio se apoyaba sobre sí, que ninguna mano lo tocaba.
Su tristeza se debía a que nunca podía olvidar que todas las fiestas tienen un fin.
Sabía que el tiempo de las fiestas es un tiempo de hechos, el coma alcohólico del tiempo. Pero después ese tiempo loco vuelve a la vida, todo vuelve al orden y el vaso se encuentra, una vez más, dentro del mueble.
Sabía que el disfrute, de tan solo un instante, le haría sufrir luego. Había resuelto, entonces, no encariñarse con nadie ¿Qué sentido tenía encariñarse con alguien que al otro día ya no estaría?
Era más sano ser distante.
Ningunos labios rozándolo
ninguna palmadita cariñosa,
ninguna caricia continua y suave,
ninguna mano aferrándose firmemente a él sin soltarlo,
le harían sentir nada.
Ser vaso era aceptar, de por vida, una naturaleza instrumental. Era sufrir. Era ser llenado y vaciado frenéticamente de distintos líquidos, con o sin burbujas, con o sin alcohol. Con o sin sentido. Quien llena un vaso no necesariamente es consciente de que lo está llenando. En cambio, el vaso, siempre sentía las violentas acciones que se ejercían sobre él, que eran siempre, al fin y al cabo, una sola. El vaso se sentía considerado un mero recipiente, un contenedor de algo más importante que si mismo. Nadie piropeaba nunca al vaso, nadie decía “qué sabroso vaso”.
Sucedió que estaba el vaso, bien firme, sobre la mesa de madera, con la expresión corporal de un “Señor vaso”, de un vaso de vidrio gordo, resistente y frio por la acción de los hielos. Ningún vasito, de esos de plástico de fiestas de quince, le haría nada. Esos vasitos eran aún más descartables que él. El destino de aquellos era la basura; no un mueble que, aunque oscuro, protector. Ninguna mano se atrevería a tocarlo sin respeto (a lo que él llamaba respeto era, en realidad, miedo).
Lo que sucedió fue inesperado: una mano débil, suave, tibia, insegura. Temblequeando lo agarró. Sintió ganas de protegerlo; de tenerlo para si toda la noche, toda la vida. Sintió ganas de ser protegido, de entregarse durante toda una noche, toda la vida.
¿Por qué esa mano tibia quería sentir el frio del vaso, porque esa mano débil quería sentir su dureza?
El vaso volvió a sentir. Sentía impotencia porque no podía tomar una decisión sobre sí mismo, no podía decidir él solo sobre su sentir, sobre su actuar. Un otro lo condicionaba. Decidió resbalarse se esa cálida mano. Calló. Infinitos pedazos de vidrio yacían sobre el suelo. Infinitas piezas de un rompecabezas. Quedó allí como un enigma, como Romeo en el suelo, debajo de un balcón. Quizá la mano arme el rompecabezas, quizá ella sea la culpable de que el vaso dejó ser un único vaso, con su identidad segura para convertirse en mil pedazos, en mil maneras de ser.
En mil aburridas palabras.
martes, 14 de junio de 2011
Análisis
Mi mayor y más sufrido defecto es creer en la ciencia
sin embargo, el prestigio institucional,jamás calmara mi tristeza
que se prolonga en La lectura
en aquella línea negra infinita e ininterrumpida
¿Por qué pensar antes de hacer?
¿Por qué el miedo a sentir?
¿Por qué ese mundo es un pecado y mi mayor disfrute?
Un mundo con apariencias de natural
donde los cuerpos rompen los límites sólo por unos instantes
donde al terminar la música aparece la cultura
y ya no sé qué hacer con mi moral
Quisiera que la música nunca dejara de sonar
que mis oídos nunca dejaran de escucharla
poder aunar en mi todo existencial
lo que se me aparece separado, opuesto
¿Qué pasaría si algún día dejara de leer?
¿Alguien no me querría si no lo hubiese hecho?
¿Alguien me quiere por haberme formado en relación con esa lectura?
domingo, 10 de abril de 2011
vivir
Entró caminando despacio
vestía oscuro en la oscuridad
pidió un trago y quedó cerca de la barra
Esa noche cuatro ojos desde lejos se miraban
El juego sería largo
Ella bailó con ganas de bailar con él
La semana siguiendo se volvieron a encontrar,
sintieron ganas de estar cerca.
Charlaron, dijeron sus nombres,
diferenciaron el viento superficial del ventilador
del de la montaña con existencia propia.
A él le gustaba el viento y sus sonidos,
a ella el viento y los movimientos que provoca.
Hablaron de viajes, de rutinas.
Bailaron, vivieron
vestía oscuro en la oscuridad
pidió un trago y quedó cerca de la barra
Esa noche cuatro ojos desde lejos se miraban
El juego sería largo
Ella bailó con ganas de bailar con él
La semana siguiendo se volvieron a encontrar,
sintieron ganas de estar cerca.
Charlaron, dijeron sus nombres,
diferenciaron el viento superficial del ventilador
del de la montaña con existencia propia.
A él le gustaba el viento y sus sonidos,
a ella el viento y los movimientos que provoca.
Hablaron de viajes, de rutinas.
Bailaron, vivieron
sábado, 19 de febrero de 2011
Pareja musical
Sentada, escuchando, viendo, pensando, haciendo cuentas, escribiendo, leyendo, ordenando papeles. Un largo tiempo de observación e introspección. La vergüenza y los nervios le afloraban con la sensación de la mirada ajena. No le extrañó que cuando empezó a bailar con él temblaba. No podía disimular la aceleración de los latidos del corazón. Su tranquilidad, sus abrazos, sus caricias, sus miradas profundas fueron suficientes para que se enamorara. Aunque quizá para él esa manera de bailar, con ella, no era más que una forma natural de expresarse sin usar tanto las palabras como el tacto. Pero a ella la liberación de sentimientos, la no represión la enamoraban al mismo tiempo que le parecían una mentira: todo terminaba cuando terminaba la música.
lunes, 17 de enero de 2011
Ganas
Mi abuela Inés tiene alzhéimer. En el geriátrico se hizo amiga de otra abuela con alzhéimer. Un domingo, luego de haber pasado el día con ella, la teníamos que devolver a su casa. Ya no me resulta tan duro verla allí. Cada vez que tenemos que devolverla repetimos la misma estrategia: le decimos que nos vamos de paseo y conseguimos que suba al auto; una vez en el geriátrico, la dejamos con alguna enfermera y salimos corriendo sin decir –Chau- o -Hasta Luego-
Pero ese día me retuvo su amiga, estaba sentada y sujetada como si tuviese un cinturón de seguridad, me abrazó con mucho cariño y me pedía que no la dejara, que la ayudara a salir de la silla. Quería caminar. Me imaginé en su lugar, soy inquieta y uno de mis mayores placeres es disfrutar de mi libertad física, que nada me ate, poder bailar, poder caminar, poder saltar. No habría nada peor para mí que la quietud obligada que estaba padeciendo esa abuela. Por suerte llegó una enfermera, la desató y me explicó que la abuela –Es muy inquieta, no para-
Es raro entender porqué siguen vivos los abuelos que padecen algunas enfermedades que son terribles
Por algo vive Inés, por alguien vive
Pero ese día me retuvo su amiga, estaba sentada y sujetada como si tuviese un cinturón de seguridad, me abrazó con mucho cariño y me pedía que no la dejara, que la ayudara a salir de la silla. Quería caminar. Me imaginé en su lugar, soy inquieta y uno de mis mayores placeres es disfrutar de mi libertad física, que nada me ate, poder bailar, poder caminar, poder saltar. No habría nada peor para mí que la quietud obligada que estaba padeciendo esa abuela. Por suerte llegó una enfermera, la desató y me explicó que la abuela –Es muy inquieta, no para-
Es raro entender porqué siguen vivos los abuelos que padecen algunas enfermedades que son terribles
Por algo vive Inés, por alguien vive
martes, 30 de noviembre de 2010
Afuera
.A través de una ventana, de una pared sin terminar, en una casa abandonada descubro cuerpos en movimiento
huelo carne a la parrilla
veo, en el cielo, una pelota saltar
escucho gritos, escucho cumbia
alguna vez hice lo mismo, entré a quintas, e hice burbujas de cloro desde el fondo de olvidadas piletas
alguna vez jugué al voley y quebré mi muñeca
alguna vez escuché y bailé cumbia
hoy, frente a mí, un mundo al cual ya no pertenezco.
Quisiera disfrazarme. Me vestiría de entrecasa y escondería en un rodete mi pelo rubio.
Quisiera tirar la lapicera, romper mis anteojos, atravesar la ligustrina y entrar al campito
Firma: un sapo
huelo carne a la parrilla
veo, en el cielo, una pelota saltar
escucho gritos, escucho cumbia
alguna vez hice lo mismo, entré a quintas, e hice burbujas de cloro desde el fondo de olvidadas piletas
alguna vez jugué al voley y quebré mi muñeca
alguna vez escuché y bailé cumbia
hoy, frente a mí, un mundo al cual ya no pertenezco.
Quisiera disfrazarme. Me vestiría de entrecasa y escondería en un rodete mi pelo rubio.
Quisiera tirar la lapicera, romper mis anteojos, atravesar la ligustrina y entrar al campito
Firma: un sapo
domingo, 7 de noviembre de 2010
Potatoes
La cáscara marrón cubría a las papas. La cocinera no quiso pelarlas antes de hervirlas. Quien quisiese comer tendría que elegir
No es lo mismo comer puré que comer papas cortadas en cuadraditos. No es lo mismo el todo que una parte del todo, papa pelada o papa sin pelar
¿Quién se toma “el trabajo” de desnudar poco a poco a la papa, de descubrirla, de liberarla para que su naturaleza amarilla no se oculte?
Yo misma he visto cómo multitudes se atragantaban con papas marrones sin importar si estaban crudas y cocidas.
No es lo mismo comer puré que comer papas cortadas en cuadraditos. No es lo mismo el todo que una parte del todo, papa pelada o papa sin pelar
¿Quién se toma “el trabajo” de desnudar poco a poco a la papa, de descubrirla, de liberarla para que su naturaleza amarilla no se oculte?
Yo misma he visto cómo multitudes se atragantaban con papas marrones sin importar si estaban crudas y cocidas.
jueves, 12 de agosto de 2010
Silencios
Me acosté. La habitación estaba oscura. Arriba brillaban las estrellas. Sabía que eran engañosos pedazos de un plástico, que brilla en la oscuridad, pegados sobre las maderas del techo de mi cuarto. Aún así, creí que esas estrellas eran estrellas y que no había techo. Cuando volví a sentir mi habitación comprendí que Flor está enamorada: había pegado todas las estrellas de a dos.
Recordé la experiencia de Cata en su colectivo “…son todos curiosos, cuando alguien sube, todos le clavan los ojos, ¿vos no lo haces?...” le respondí que casi nunca, por vergüenza, y ella siguió “…Me senté al lado de un chico que me gustó. Trataba de arreglar mi monedero, ese con forma de ratón y al chico le llamé la atención, me miraba. Cuando terminé de arreglarlo, en silencio, acerqué un poquito mis manos al chico y, como quien no quiere la cosa, le mostré, abriendo y cerrando el monedero, que el ratoncito ya estaba arreglado…” Me pareció divertido y quise copiar la valentía de Cata. Un día elegí sentarme frente a un chico que me gustó. No quería intentar una conversación, sólo lo espié y reí sola. Él lo notó, me observó y sentí vergüenza, me escapé por la ventanilla que tenía a mi izquierda y encontré, a la distancia de una mano, otro colectivo y dentro de él, otros pasajeros con similares comportamientos a los pasajeros de mi colectivo; pero a ellos, separados por dos vidrios (el de mi colectivo y el del colectivo de ellos), era más fácil mirarlos. Miré a una señora comiendo un sándwich, no me preocupó cuando me descubrió pues no compartíamos coche y jamás volvería a cruzármela.
“A nadie le importa lo que hagas, Julieta” Y es cierto, pero, aún así, el otro día me preocupó muchísimo aquel sector al aire libre que quedaba entre la terminación de mis calzas y el comienzo de las botas. Era medio centímetro de piel al aire libre que no me parecía pertinente en invierno. No podía parar de reír imaginando que alguien descubriría esas líneas de piel. Y nadie las vió.
Recordé la experiencia de Cata en su colectivo “…son todos curiosos, cuando alguien sube, todos le clavan los ojos, ¿vos no lo haces?...” le respondí que casi nunca, por vergüenza, y ella siguió “…Me senté al lado de un chico que me gustó. Trataba de arreglar mi monedero, ese con forma de ratón y al chico le llamé la atención, me miraba. Cuando terminé de arreglarlo, en silencio, acerqué un poquito mis manos al chico y, como quien no quiere la cosa, le mostré, abriendo y cerrando el monedero, que el ratoncito ya estaba arreglado…” Me pareció divertido y quise copiar la valentía de Cata. Un día elegí sentarme frente a un chico que me gustó. No quería intentar una conversación, sólo lo espié y reí sola. Él lo notó, me observó y sentí vergüenza, me escapé por la ventanilla que tenía a mi izquierda y encontré, a la distancia de una mano, otro colectivo y dentro de él, otros pasajeros con similares comportamientos a los pasajeros de mi colectivo; pero a ellos, separados por dos vidrios (el de mi colectivo y el del colectivo de ellos), era más fácil mirarlos. Miré a una señora comiendo un sándwich, no me preocupó cuando me descubrió pues no compartíamos coche y jamás volvería a cruzármela.
“A nadie le importa lo que hagas, Julieta” Y es cierto, pero, aún así, el otro día me preocupó muchísimo aquel sector al aire libre que quedaba entre la terminación de mis calzas y el comienzo de las botas. Era medio centímetro de piel al aire libre que no me parecía pertinente en invierno. No podía parar de reír imaginando que alguien descubriría esas líneas de piel. Y nadie las vió.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Pasito
Romina vive en una ciudad. Camina, como los demás, al compás de aquello que marca el ritmo en las calles y veredas. No se sabe con certeza qué es lo que marca ese compás. Algunos dicen que son los semáforos; otros, que nadie quiere llegar tarde a su trabajo y que el cambio de luces rápido en los semáforos obedece al deseo de las personas; unos pocos opinan que cada ciudadano vive a su antojo, que los que quieren vivir lento pueden madrugar, pero la realidad es que choques, accidentes y tráfico los demoran más allá de cualquier iniciativa personal. Sigue siendo un misterio el porqué.
Un día Romina dejó de caminar con ese ritmo orgánico. Comenzó a perder colectivos; los semáforos cambiaban de color cuando ella estaba en medio de alguna avenida; olvidaba en locales productos que compraba; llegaba tarde a su trabajo porque antes daba dos o tres vueltas despreocupadas en el mismo transporte; golpeaba puertas ajenas; luego de despedirse de alguna amiga, tocaba el timbre de la casa de ella sólo para decirle que la quería y sin siquiera pasar un segundo volvía a tocarlo con el mismo fin; abrazaba cariñosamente a vendedoras callejeras de medias o moños; para bajar escaleras subía y bajaba los escalones de manera impredecible, lo cual causaba pisotones y manchas en zapatos o zapatillas ajenas; antes de ir al supermercado del frente de su casa daba vueltas alrededor de la misma manzana tres o cuatro veces, cada vuelta en una dirección contraria, y luego hacía las compras. En fin, su ritmo le trajo algunos problemas: los conductores la insultaban en las avenidas; sus amigas ya no le habrían la puerta; quienes bajaban la escalera cerca de ella la tildaban de infantil; los colectiveros la creían loca. Comenzó a sentirse angustiada.
Al tiempo Romina notó que no era la única que, en vez de caminar, bailaba lo que sentía. Otros comenzaron a copiar su manera de proceder: cada paso dado era posterior a algún sentimiento. Desde ese momento en esa ciudad ya no existe la sistemática caminata ni las masivas corridas.
Dicen que bailando es más fácil conocer a los demás pues en cada baile se expresa una personalidad. Dicen que las personas de esa ciudad, ya no se reúnen para moverse sino para descansar de sus infinitos bailes y compartir los silencios con los bailarines alguna vez conocidos en alguna calle, en alguna vereda, en alguna escalera o en alguna avenida. Sólo en esos momentos para, allí, el movimiento y el ruido.
Un día Romina dejó de caminar con ese ritmo orgánico. Comenzó a perder colectivos; los semáforos cambiaban de color cuando ella estaba en medio de alguna avenida; olvidaba en locales productos que compraba; llegaba tarde a su trabajo porque antes daba dos o tres vueltas despreocupadas en el mismo transporte; golpeaba puertas ajenas; luego de despedirse de alguna amiga, tocaba el timbre de la casa de ella sólo para decirle que la quería y sin siquiera pasar un segundo volvía a tocarlo con el mismo fin; abrazaba cariñosamente a vendedoras callejeras de medias o moños; para bajar escaleras subía y bajaba los escalones de manera impredecible, lo cual causaba pisotones y manchas en zapatos o zapatillas ajenas; antes de ir al supermercado del frente de su casa daba vueltas alrededor de la misma manzana tres o cuatro veces, cada vuelta en una dirección contraria, y luego hacía las compras. En fin, su ritmo le trajo algunos problemas: los conductores la insultaban en las avenidas; sus amigas ya no le habrían la puerta; quienes bajaban la escalera cerca de ella la tildaban de infantil; los colectiveros la creían loca. Comenzó a sentirse angustiada.
Al tiempo Romina notó que no era la única que, en vez de caminar, bailaba lo que sentía. Otros comenzaron a copiar su manera de proceder: cada paso dado era posterior a algún sentimiento. Desde ese momento en esa ciudad ya no existe la sistemática caminata ni las masivas corridas.
Dicen que bailando es más fácil conocer a los demás pues en cada baile se expresa una personalidad. Dicen que las personas de esa ciudad, ya no se reúnen para moverse sino para descansar de sus infinitos bailes y compartir los silencios con los bailarines alguna vez conocidos en alguna calle, en alguna vereda, en alguna escalera o en alguna avenida. Sólo en esos momentos para, allí, el movimiento y el ruido.
lunes, 19 de julio de 2010
Llueve; entonces, Llueve
A veces llueve fuerte, la tormenta cae de golpe y termina pronto. Contuvo, durante mucho tiempo, la respiración y, por fin, exhaló; Se detuvo, luego de mucho pensar dio enérgico su primer paso; Pintó, sin detenerse, un circulo rojo infinito hasta que su mano rompió el crayón. La abuela se hizo pis.
Otras veces llueve continuo, la distancia entre gota y gota casi es la misma. Para formar los alumnos se dividen entre nenas y nenes y las dos filas avanzan a la sala donde cada uno tiene su lugar; El abuelo era abogado, el padre también, el hijo eligió abogacía; Leía el diario, leía en su tiempo libre, leía porque estudiaba, leía y siempre se sentaba en la silla dándole la espalda a la ventana. Las mujeres golpeaban a una abuela por haberles quitado la mesa en donde ellas siempre se sentaban.
Llueve y quiero subir a un colectivo en el que viaje un perro sin pagar boleto, quiero perderme y sentir que me confundo. Intuyo que luego, sin saber bien cómo, llegaré.
Otras veces llueve continuo, la distancia entre gota y gota casi es la misma. Para formar los alumnos se dividen entre nenas y nenes y las dos filas avanzan a la sala donde cada uno tiene su lugar; El abuelo era abogado, el padre también, el hijo eligió abogacía; Leía el diario, leía en su tiempo libre, leía porque estudiaba, leía y siempre se sentaba en la silla dándole la espalda a la ventana. Las mujeres golpeaban a una abuela por haberles quitado la mesa en donde ellas siempre se sentaban.
Llueve y quiero subir a un colectivo en el que viaje un perro sin pagar boleto, quiero perderme y sentir que me confundo. Intuyo que luego, sin saber bien cómo, llegaré.
martes, 18 de mayo de 2010
Detalles
El sábado tomó un baño caliente, espumoso y con aroma a vainilla. Secó su pelo, lo planchó y colocó en él una ampolla de lino. Pintó las uñas con medialunas blancas en la puntas. Ocultó, con una máscara líquida del color de su piel, ojeras y sutiles imperfecciones del rostro. Las manos, quizá apiadándose de sus nervios, no temblaron. Contorneó, con un delineador negro, el marco de sus ojos; eligió una barra blanca para los párpados; estiró las pestañas; colocó rojo en los labios y espolvoreó rosa en los pómulos. Miró su rostro en el espejo. Había olvidado las perlas en las orejas. Vistió el vestido de raso negro y cerró la última bota, cerró el último cierre. Las casi invisibles gotas del perfume cayeron débiles en el cuello. El aire queriendo entrar por la garganta angosta. Abrió la puerta. Tres veces las botas chocaron en las baldosas. Se acomodó en las sábanas.
sábado, 15 de mayo de 2010
Sentidos
no le importaban las cosas, si las personas, Cada vez que salía de la casa de algún ser querido, ataba, sin que aquel lo notase, la punta de un hilo de lana, un cordón, una cinta, un cable, o una rama blanda de árbol a la pata de uno de sus mueble y la otra punta la llevaba en su mano; Así, todas las puertas quedaban levemente abiertas, Al verlas, los Dueños-de-casa se quejaban Quién dejó la puerta abierta Tienen cola larga Viven en carpa, Nadie había sido, Dueño-de-casa, cerca de la puerta, notaba algo, algo que impedía cerrar la puerta, agachado, en cuatro patas y con la cabeza estiradísima hacia abajo veía el hilo, el cordón, la cinta, el cable, o la rama blanda de árbol, Dueño-de-casa, sorprendido, gateaba, dentro de su casa, siguiendo el hilo hasta toparse con el origen o el fin de aquel delgado elemento, tan firmemente agarrado a su mueble que no podía desatarlo y con la costumbre el enojo pasaba, no así la certidumbre de dónde terminaría aquel hilo, si es que terminaba o dónde comenzaría, si es que comenzaba; El señor llevaba en sus manos tantas puntas como pelos lleva la cabeza, pero tenía la habilidad del pasea-perros, del vendedor de globos, Los hilos se mezclaban, rozaban, chocaban, abrazaban pero nunca se anudaban, La cinta rosa y el cable jugaban, Las ramas de árboles ya no creían artificiales a los demás, Todos miraban las manos, nadie miraba la punta eterna. Un día un Dueño-de-casa miró y descubrió a El señor Qué hace señor Paseo con mis recuerdos Y porqué no los visita
viernes, 7 de mayo de 2010
Den la cara
Raspó el barro de la ventana y una cáscara marrón murió en su pantalón. Leyó en los vidrios sucios autógrafos anónimos de quienes viven la aventura de viajar en colectivo.
Algunas rodillas estaban flexionadas; otras, extendidas. Las múltiples líneas que dibujaban invisiblemente el espacio de cada uno fueron desapareciendo con el pasar de las paradas. Ahora son una masa que se hubiese cocinado si el calor humano fuese más que una simple metáfora.
Olió transpiración. Vio un auto, enfrentado a su único límite: el rojo del semáforo. Amarillo. Verde.
Algunas rodillas estaban flexionadas; otras, extendidas. Las múltiples líneas que dibujaban invisiblemente el espacio de cada uno fueron desapareciendo con el pasar de las paradas. Ahora son una masa que se hubiese cocinado si el calor humano fuese más que una simple metáfora.
Olió transpiración. Vio un auto, enfrentado a su único límite: el rojo del semáforo. Amarillo. Verde.
martes, 20 de abril de 2010
¿De qué depende que algo te sea aburrido?
La tierra fue violada. Los felices asfaltaron el camino pedroso, levantaron sus casas y edificaron un prolijo ghetto. Hoy, conviven mosquitos y caniche-toys. El polvo gravita amenazante alrededor de la pulcra paranoia.
Los “civilizados” se aíslan, de manera ficticia, de la “barbarie” vecina con barreras, alambres, cámaras y guardias. Desean exclusividad, son masa. Viven en terrenos separados prolijamente, próximos en un estilo de vida. Viven más fuera que dentro: las casas están hechas de vidrios, todo comportamiento es, en tanto existe un ojo ajeno. No hace falta imaginar mucho con tanta expresividad material.
Una familia festeja junto a sus amigos. Algunos cuerpos tirados, sudan coco y se zambullen en agua, cloro y aceite; otros, gritan; otros, comen asado. El sonido que emiten los cuerpos al caer en la pileta, la música fuerte y los gritos; conforman una melodía que acompaña a los vecinos durante el feliz domingo.
Los “civilizados” se aíslan, de manera ficticia, de la “barbarie” vecina con barreras, alambres, cámaras y guardias. Desean exclusividad, son masa. Viven en terrenos separados prolijamente, próximos en un estilo de vida. Viven más fuera que dentro: las casas están hechas de vidrios, todo comportamiento es, en tanto existe un ojo ajeno. No hace falta imaginar mucho con tanta expresividad material.
Una familia festeja junto a sus amigos. Algunos cuerpos tirados, sudan coco y se zambullen en agua, cloro y aceite; otros, gritan; otros, comen asado. El sonido que emiten los cuerpos al caer en la pileta, la música fuerte y los gritos; conforman una melodía que acompaña a los vecinos durante el feliz domingo.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Tetas

Cuántas veces escuché hablar de ellas. La historia empieza así. Había una vez una vecina, del frente de casa, que se operó y comenzó a salir-a-pasear con sus dos nuevas amigas. Caminaba por el barrio sin corpiño ¡Qué mujer atrevida! Luego este tipo de arreglos estéticos, comenzaron a ser moneda corriente y nada sorprendía. En el local del Shopping tres de las ocho vendedoras se habían operado. Todo se equilibró cuando la cuarta decidió unirse al trío. Fue todo un acontecimiento. Se fue sin nada, y llegó con “todo”.Ya era un cuarteto. La cuarta, como no las consideraba suyas, las mostraba como se muestra una cartera, también delante del encargado, que ante mi sorpresa, me contó que este ya era el segundo par que veía. -Todo pasa por el autoestima- dijo algún psicólogo mediático y aconsejó- si la persona se siente mal sólo por ese detalle, tiene que cambiarlo- Buen vendedor. Pensé, inocentemente, que ese trauma femenino puede depositarse en algún otro lugar, y la solución quizá nunca pueda encontrarse. Caras o cuerpos o caras y cuerpos de goma. Me contaron sobre una señora obesa, con una gran delantera que no resultaba atractiva. Entonces, pensé, la cuestión no era tan sencilla y localizada. Entré a la casa de unas niñas, vi sus juguetes: 300 Barbies blancas y rubias en un mueble de 5 pisos. -¿Y los cuentitos?- pregunté. Tenían 20, eran de la colección Barbie. Voy al cumpleaños de mi prima. Observo dedos inquietos, páginas que pasan y pasan. Se trataba de “Revistas de mujeres”. Abro una revista, veo disfraces. Las amigas de mi prima vendían ropitas de caperucita, cenicienta y blanca nieves para mujeres. Nunca voy a olvidar que una vez un compañero en la secundaria me calificó con un 8. Creo que dijo eso porque me faltaba algo, me faltaban dos cosas y unas cuantas más que no supo notar. Ahora ya soy grande, entendí a los golpes cómo funciona la cosa. Cuando me escuchan, a veces digo que algunos hombres, de tanto imaginar y ver películas pornos, cuando se encuentran con la chata realidad, el ojo no entiende, ese ojo que capta la belleza al encontrar ciertos equilibrios en las formas, ese ojo que gusta de mujeres en vestidos y de sus formas cual pista de kartings, de cierto estilo que aquellas mujeres tiene cuando las llevan. Es una postura, una actitud que bien la podemos entender en las publicidades de Quilmes. Otras veces digo, que estoy feliz por no tenerlas, así, tal cual se las impone, por que de esa manera supe que aquellos hombres que estuvieron cerca de mí lo hicieron no porque las tuviese. Frena el colectivo, autos, gomas negras colgando y detrás la imagen de dos niñas como dios las trajo al mundo. Hablando de dios, también vi, qué pena esto de mirar tanto, en la puerta de un colegio católico, unas chicas que bailaban un tanto provocativas, creo que imitaban a Madona. Ya no es maría el ejemplo a seguir.
Hace un tiempo un amigo opinaba que los hombres no quieren mujeres, sino trofeos silenciosos para mostrar. Cuando hablaba del tema, recordé a mi vecina. Todavía no lo encontré al amigo con el trofeo, conservo la fe.
lunes, 22 de marzo de 2010
Cuento con moraleja
Me siento en el auge de mi vida. Soy hermoso, útil, ágil y nuevo en este altillo. Aunque los demás me envidien, desean compartir tiempo conmigo.
Habiendo pasado un mes desde mi llegada, y sin conocer las causas, comencé a ser abandonado paulatinamente. Entonces, ante la desesperación, dejé de lado mi orgullo y en búsqueda de una respuesta, me enfrenté a mis compañeros de altillo. Todos estaban descuidados y heridos, pues su dueño les había asignado un espacio muy reducido para convivir. El enojo generalizado hacia del sonido del lugar, un barullo ensordecedor. Sin embargo, uno de ellos sobresalió de la monotonía y me explicó:
“Todos aquí hemos sido, como vos, alguna vez el chiche nuevo, porque el mercado nos imponía como los mejores. Cada uno tuvo su período de esplendor, que culminó con la aparición de otro que, en apariencia, lo superaba. Así, pasamos a ser olvidados. Al principio, cuando éramos pocos, nos amontonaban en un rincón. Luego, cuando comenzaron a ofrecerse muchísimos juguetes al mismo tiempo, terminamos viviendo en la caja. Cada vez éramos más y más. Nuestro dueño nunca se detuvo, al menos, en alguno de nosotros, lo guía un juego de competencias, donde la cantidad se impone a su elección. Hoy, nuestra única salvación es alguna donación. Ellas calman culpas por el egoísmo material y también calman nuestra necesidad de cariño” .Los escuché, nos entendimos.
Asombrado por explicación de ese peluche, de esa caja, de ese altillo, retrocedí, aceleré y salté hacia la caja. Preferí, en todo caso, esperar junto a ellos el leve gesto de la salvación, aceptando mi condición de juguete olvidado.
Habiendo pasado un mes desde mi llegada, y sin conocer las causas, comencé a ser abandonado paulatinamente. Entonces, ante la desesperación, dejé de lado mi orgullo y en búsqueda de una respuesta, me enfrenté a mis compañeros de altillo. Todos estaban descuidados y heridos, pues su dueño les había asignado un espacio muy reducido para convivir. El enojo generalizado hacia del sonido del lugar, un barullo ensordecedor. Sin embargo, uno de ellos sobresalió de la monotonía y me explicó:
“Todos aquí hemos sido, como vos, alguna vez el chiche nuevo, porque el mercado nos imponía como los mejores. Cada uno tuvo su período de esplendor, que culminó con la aparición de otro que, en apariencia, lo superaba. Así, pasamos a ser olvidados. Al principio, cuando éramos pocos, nos amontonaban en un rincón. Luego, cuando comenzaron a ofrecerse muchísimos juguetes al mismo tiempo, terminamos viviendo en la caja. Cada vez éramos más y más. Nuestro dueño nunca se detuvo, al menos, en alguno de nosotros, lo guía un juego de competencias, donde la cantidad se impone a su elección. Hoy, nuestra única salvación es alguna donación. Ellas calman culpas por el egoísmo material y también calman nuestra necesidad de cariño” .Los escuché, nos entendimos.
Asombrado por explicación de ese peluche, de esa caja, de ese altillo, retrocedí, aceleré y salté hacia la caja. Preferí, en todo caso, esperar junto a ellos el leve gesto de la salvación, aceptando mi condición de juguete olvidado.
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