sábado, 12 de septiembre de 2009

Meditación y pensamientos

Días atrás, con mi familia meditamos a luna llena. En un momento -cuando las mujeres sentadas en círculo tuvimos que pronunciar repetidas veces las letras “a… e… i” y luego la palabra “om”- intuí que alguien estaba riéndose. En el regreso, descubrí que con mi madre nos habíamos tentado imaginando a mi hermana Catalina. Y Cata nos imaginó a nosotras, imaginándola a ella.


Llegamos a casa. Entré a mi cuarto y dejé la puerta entreabierta. Vi el florero y su agua sucia, dentro el pimpollo del lilium se estaba abriendo. Observé y escuché el sonido que provocó un pétalo al empujar a otro que lo protegía. Mamá y Catalina reían alejadas, no sabía por qué. Los pétalos en círculo se acomodaban: unos protegían, otros trataban de imponerse, de hacerse un lugar. Inclusión, soledad, exclusión, sociedad. El imperceptible aroma de mis alumnos del jardín en círculos, la ronda de las mujeres en la meditación y el cuadrado de las instituciones. Todas esas puertas y ventanas que nos anuncian el sombrío estado de nuestro encierro.


Durante la noche, el lilium se abrió ante mis ojos. Pensé en el ciclo, en la flor domesticada, abriéndose para mostrar su agónica belleza. No me importó saber que en una semana no estaría decorando mi cuarto.


Mi madre y mi hermana seguían riendo.

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